lunes, 27 de febrero de 2012

Cuento

"Tiene gracia, lo que es la vida y lo que son las cosas. Lo que empieza como un chispazo, como una ilusión, como un sueño de ir formando la argamasa para poder y preparando el edificio de lo que sería en el futuro una meta... A veces uno camina en las nubes dándose de bruces con la realidad.
Pero en fin, vengo a dejaros un pequeño cuento que escribí hace no mucho tiempo, ya que a día de hoy la rutina solo deja espacio a breves reflexiones que terminan quedándose en bruma".


La búsqueda de la melodía perdida.
Contaban allá, antaño, por la época de la invasión napoleónica en España, cuando se reunieron en aquella Iglesia de san Felipe Neri en Cádiz, para redactar tan afamada, celebrada y conocida Constitución de 1812, que hubo un joven que halló entre el caos de la guerra y la turbación política, un momento de súbita inspiración, rozando lo místico y lo divino, para componer una fantástica melodía, cargada de todas sus pasiones y sentimientos, contenidos en el corazón de un mozo de la sierra extremeña.
De nombre, Juan de Valdés, de padre Miguel y de madre Juana. Andaba por aquel entonces con las despreocupaciones propias y típicas de la edad. Hasta que una tibia mañana se despertó con todo un destacamento francés a las puertas de su hogar, y de su vida. Napoleón había llegado a su tierra. Cuentan que buscaban a una partida de forajidos, los cuales atacaban un convoy donde se encontraban en aquel momento un oficial y la hija de este. En el pueblo poco o nada sabían de esto, y menos tendrían que ver, mas se sabía muy bien que por aquel entonces dichos guerrilleros solían ocultarse no solo en la sierra, sino en los pueblos de donde surgían. Poca relación mantenía la familia de nuestro joven respecto a estos temas, tan solo se ocupaban de lo suyo, el trabajo, el campo, el cuidado de la familia y el hogar. Aquella mañana el convoy había parado en busca de reposo y responsables. Juan, quien andaba rondando en torno a la puerta de su casa, llegó a atisbar por el rabillo del ojo a aquella joven, en medio de toda la marea de casacas azules. Pese a que no la conocía de nada y probablemente, pensó, jamás llegaría a ello, sintió un súbito latido, el cual generó una profunda atracción hacia la joven, de rubios cabellos trenzados, que calaron en tal forma en el alma del muchacho, que muchas noches las pasaría en vela soñando con conocer a la dama. Las mañanas en las que andaba desocupado, solía dedicarlas a la música, y más concretamente a la guitarra y un órgano de su iglesia local, acompañando la misa los Domingos, mas el aspiraba a un día llegar en las tan lujosas y lejanas cortes.
Una mañana de uno de esos domingos, se levantó temprano, para ir a prepararse para la celebración. Llegó hacia el templo, cansado y somnoliento, pues esa noche poco ojo había pegado, pensando en si hubiera propicia ocasión para volver a verla, por si pudiera llegar a conocerla, aunque fuera tan solo un poco mejor que como en las efímeras noches en las que podía verla, allá por el vasto mundo de los sueños, esperanzas e ilusiones. Avisando al párroco de su llegada, hizo acto de presencia en su lugar habitual de máxima expresión y desahogo, donde procedió a calentar y ensayar, cuando de repente, desde el coro, la vio entrar por la puerta. La joven se dirigió despacio, caminando sin prisas, observando cada palmo del edificio, buscando algo que su corazón había encontrado, mas sus verdes ojos no llegaban a alcanzar a ver. Se dispuso, no obstante, arrodillada sobre un banco a orar, ya que así se sintió impulsada a actuar. Juan en un primer arranque e instinto trató de acercarse a ella, trajinando en su mente un intento de como abrir una conversación con la joven, sin lograr afrentarla, ni asustarla, haciéndola sentir amenazada. La duda le entró sobre si habría una comprensión entre ambos, mas como probablemente pensaría que por las lenguas no se entenderían y no encontró las palabras adecuadas para emitir ni tan si quiera un breve saludo, se marchó sin más irritado consigo mismo por su torpeza y por formarse banalidades y falsas elucubraciones en su cabeza. Sentándose frente al órgano, estirando los dedos, los posó suavemente sobre las teclas, pulsando estas. Poco a poco fue presionando, aumentando la intensidad, hasta que llegó a estar tan fuera de sí, abstraído, que no llegó a darse cuenta del vuelo de sus manos a través de las teclas, con tal fluidez, como si de caricias sobre la superficie del agua se tratase. El tiempo avanzaba y el seguía en el baile de sus manos al son de los compases, sobre el entramado de notas, acordes y cambios. Cuando de imprevisto volvió en sí, dándose cuenta de lo ocurrido, se detuvo perplejo, fijándose, en no solo la gente que ni había visto entrar, ni mucho menos salir, en que la ceremonia ya había llegado a su fin. En cuanto a la joven, pendiente estuvo de todo lo que le era transmitido hasta su finalizar, y una lagrimilla bajaba por su mejilla, pues de lleno en su corazón sintió la extraña y desconocida melodía. Decidió acercarse al artífice de tan poderosa magia y en el momento del encuentro, ambos salieron a prisas del solemne lugar, donde tuvo lugar aquella mística sintonía, y de ellos jamás se volvió a saber más.
Los lugareños que estuvieron presentes aquel día, se preguntaban que fue aquello que escucharon, ya que nunca antes habían sentido tal profunda paz y sincera armonía. No lograron salir de dudas. Algunos cuentan que tan solo fue por un arrebato irrepetible de inspiración transmitida de aquel joven, probablemente en amores con alguna moza del lugar, pues sería lo propio teniendo en cuenta la edad. Mas nada se pudo aclarar, ni demostrar.
Un par de siglos después tras toda la algarabía de hechos ocurridos desde aquella fecha, en un pequeño café se oyó tocar otra profunda y cargada melodía. Los que estuvieron presentes en aquella ocasión, se preguntaban si sería como la historia que les contaban sus abuelos cuando niños fueron. Muchos trataron de repetir semejante melodía, pero tan solo aquellos jóvenes que no solo sentían fluir la música a través de su alma, sino que se sintieran en comunión con ella, pudieron hallar aquel místico momento de arrebato armonioso tras una fuerte impresión producida en un calado sentimiento puro y sincero de plena unión del alma junto con la inspiración humana en la abstracción de las notas musicales. Tan solo se puede reconocer que se encuentra en dicho momento, cuando por unos instantes, te abandonas, dejándote caer por unos breves instantes, en el ancho y profundo mar de las emociones.



Ahí tienen, para quien se caiga en mi agujero personal, en el cual por no caer, ni un servidor termina cayendo. Ustedes dirán que les parece.


PD: Quiero que llegue la primavera... ¡Trompetera!